Una décima parte del total se apartó para la iglesia y para usos piadosos; a continuación se destinó una porción a una especie de tesoro público; una parte se asignó a las viudas y huérfanos de aquellos que habían caído, o bien para sufragar misas por las almas de quienes no habían dejado familia superviviente. El resto se dividió entre los bandidos según su rango y mérito, y el juicio del Jefe sobre todas las cuestiones dudosas que surgieron fue emitido con gran sagacidad y recibido con absoluta sumisión. El Caballero Negro no dejó de sorprenderse al comprobar que unos hombres, en un estado tan anárquico, se gobernaban sin embargo entre sí de forma tan regular y equitativa, y todo lo que observó contribuyó a reforzar su opinión sobre la justicia y el juicio de su líder.
Cuando cada uno hubo tomado su propia proporción del botín, y mientras el tesorero, acompañado por cuatro altos yeomen, transportaba lo perteneciente al Estado a algún lugar de ocultamiento o seguridad, la porción consagrada a la Iglesia aún permanecía sin asignar.
—Quisiera —dijo el jefe—, que pudiéramos tener noticias de nuestro jovial capellán; nunca solía faltar cuando había que bendecir la comida o repartir el botín, y es su deber ocuparse de estos diezmos de nuestra afortunada empresa. Puede que el cargo haya ayudado a encubrir algunas de sus irregularidades canónicas. Asimismo, tengo a un santo hermano de su orden prisionero no muy lejos de aquí, y me encantaría contar con la ayuda del Fray para tratar con él como es debido; dudo mucho de la seguridad del orondo sacerdote.
—Lo siento de verdad —dijo el Caballero del Candado—, pues le debo la agradecida hospitalidad de una alegre noche en su celda. Vamos hacia las ruinas del castillo; puede que allí obtengamos noticias suyas.