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XXVII

—Sin duda —dijo Ambrosio—, está en manos de los hombres de Belial, infestadores de estos bosques, y despreciadores del texto sagrado: «No toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas».

—He aquí un nuevo argumento para nuestras espadas, señores —dijo Front-de-Boeuf, volviéndose hacia sus compañeros—; ¿y así, en vez de brindarnos ayuda alguna, el prior de Jorvaulx nos pide auxilio? ¡Bien ayudado está uno por estos holgazanes clérigos cuando más faena tiene! Mas habla, sacerdote, y di de una vez, ¿qué espera tu amo de nosotros?

—Dios os guarde —dijo Ambrosio—, pues habiéndose impuesto violentas manos sobre mi reverendo superior, contrariamente a la sagrada ordenanza que ya he citado, y habiendo desvalijado los hombres de Belial sus maletas y fardos, despojándole de dos marcos de oro puro y refinado, le exigen todavía una gran suma adicional antes de permitirle salir de sus incircuncisas manos. Por lo cual el reverendo padre en Dios os ruega, como a sus caros amigos, que le rescatéis, ya sea pagando al contado el rescate con que le retienen, o por la fuerza de las armas, según vuestro mejor criterio.

—¡Que el maligno se lleve

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