rey y su séquito cruzaron las puertas abiertas y desprotegidas de la barrera exterior, el espacio interior ofrecía un espectáculo difícilmente reconciliable con el motivo de la reunión. En un lugar, los cocineros se afanaban en asar enormes bueyes y gordas ovejas; en otro, se abrían barricas de cerveza para ser vaciadas a discreción de cuantos llegaban. Se veían grupos de toda clase devorando la comida y tragando el licor así abandonados a su arbitrio. El siervo sajón, desnudo, ahogaba la sensación de su hambre y su sed de medio año en un solo día de glotonería y embriaguez; el burgués y miembro de gremio, más regalado, comía su bocado con gusto, o criticaba con curiosidad la cantidad de malta y la destreza del cervecero. También se podía ver a unos pocos hidalgos normandos más pobres, distinguidos por sus barbillas afeitadas y sus capas cortas, y no menos por mantenerse juntos y mirar con gran desdén toda la solemnidad, aun cuando condescendían a aprovecharse de la buena comida que se ofrecía con tanta generosidad.
Mendigos, por supuesto, se agolpaban por decenas, junto con soldados errantes que habían vuelto de Palestina (según su propia versión, al menos); buhoneros exhibían sus mercancías, mecánicos itinerantes preguntaban por trabajo, y palmeros errantes, curas de aldea, ministriles sajones y bardos galeses murmuraban oraciones y extraían endechas desentonadas de sus arpas, arpas de rueda (crowds) y fídulas (rotes). Uno entonaba las alabanzas de Athelstane en un lúgubre panegírico; otro, en un poema genealógico sajón, recitaba los ásperos y discordantes nombres de su noble ascendencia. Bufones y malabaristas no faltaban, ni se creía que la ocasión de la asamblea hiciera que el ejercicio de su profesión fuera indecoroso o impropio. En verdad, las ideas de los sajones en estas ocasiones eran tan naturales como rudas. Si la pena tenía sed, había bebida; si tenía hambre, había comida; si agobiaba y entristecía el corazón, ahí se proporcionaban los medios para la alegría, o al menos para el entretenimiento. Tampoco desdeñaban los asistentes aprovecharse de estos medios de consolación, aunque, de vez en cuando, como si recordaran de repente la causa que los había reunido, los hombres gemían al unísono, mientras