devuelve a manos de un cristiano una parte de lo que has adquirido mediante la usura que has practicado con los de su religión. Tu astucia pronto podrá volver a henchir tu reseca bolsa, pero ni médico ni medicina podrán restaurar tu piel y tu carne chamuscadas si una vez llegas a estar extendido sobre estas rejas. Cuenta tu rescate, te digo, y alégrate de que a tal precio puedas librarte de un calabozo cuyos secretos pocos han regresado para contar. No malgasto más palabras contigo; escoge entre tu escoria y tu carne y sangre, y según escojas, así será”.
—Así me ayuden Abraham, Jacob y todos los padres de nuestro pueblo —dijo Isaac—, no puedo hacer la elección, ¡porque no tengo los medios para satisfacer su exhorbitante demanda!
—Prendedlo y desnudadlo, esclavos —dijo el caballero—, y que los padres de su estirpe lo socorran si pueden.
Los ayudantes, guiándose más por la mirada y la mano del Barón que por su lengua, dieron un paso al frente una vez más, echaron mano al desafortunado Isaac, lo levantaron del suelo y, sujetándolo entre ambos, aguardaron la nueva señal del despiadado Barón.
El infeliz judío escrutó los rostros de aquellos y el de Front-de-Boeuf, con la esperanza de descubrir algún síntoma de compasión; pero el del Barón mostraba la misma sonrisa fría, medio huraña, medio sarcástica, que había sido el preludio de su crueldad; y los salvajes ojos de los sarracenos, que giraban sombríamente bajo sus oscuras cejas y adquirían una expresión aún más siniestra por la blancura del círculo que rodea la pupila, evidenciaban más bien el placer secreto que aguardaban de la escena venidera que cualquier reparo en ser sus directores o ejecutores.
El judío miró entonces el horno encendido sobre el cual estaba a punto de ser estirado y, al no ver ninguna posibilidad de que su atormentador se apiadara, su resolución flaqueó.