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XVI

—El buen guardián del bosque —dijo el ermitaño— me ha permitido el uso de estos animales para proteger mi soledad hasta que los tiempos mejoren.

Dicho esto, fijó su antorcha en una rama de hierro retorcida que servía de candelero; y, colocando el trípode de roble ante las ascuas del fuego, que avivó con un poco de madera seca, puso un taburete a un lado de la mesa e hizo señas al caballero para que hiciera lo mismo en el otro.

Se sentaron y se miraron con gran seriedad el uno al otro, pensando cada cual en su fuero interno que rara vez había visto una figura más fuerte o más atlética que la que tenía enfrente.

—Reverendo ermitaño —dijo el caballero, después de mirar larga y fijamente a su anfitrión—, si no fuera por interrumpir vuestras devotas meditaciones, os rogaría que me esclarecierais tres cosas sobre vuestra santidad: primera, ¿dónde he de poner mi caballo?; segunda, ¿qué puedo cenar?; tercera, ¿dónde voy a echarme a dormir esta noche?

“Te responderé”, dijo el ermitaño, “con el dedo, ya que va contra mi regla hablar con palabras cuando los signos pueden servir al propósito”. Dicho esto, señaló sucesivamente a dos rincones de la choza. “Tu establo”, dijo, “está ahí; tu cama, allí”; y, bajando de la estantería vecina un plato con dos puñados de guisantes tostados y colocándolo sobre la mesa,

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