“Ojalá supiera lo que el rabino Jacob Ben Tudela opinaría al respecto —respondió Isaac—; sin embargo, el buen joven no debe desangrarse hasta morir. Que Seth y Reuben lo lleven a Ashby”.
—No, que lo pongan en mi litera —dijo Rebeca—; yo montaré en uno de los caballos de paso.
—Eso fuera exponerte a la mirada de esos perros de Ismael y de Edom —susurró Isaac, con una mirada recelosa hacia la multitud de caballeros y escuderos—. Pero Rebeca ya estaba ocupada en llevar a cabo su propósito caritativo, y no prestó atención a lo que decía, hasta que Isaac, asiéndola de la manga del manto, volvió a exclamar con voz apresurada—: ¡Por la barba de Aarón! ¡Y si el joven perece! ¡Si muere bajo nuestra custodia, acaso no se nos tendrá por culpables de su sangre y seremos despedazados por la muchedumbre?
—No morirá, padre mío —dijo Rebeca, zafándose suavemente del apretón de Isaac—; no morirá a menos que lo abandonemos; y, si tal hacemos, seremos sin duda responsables de su sangre ante Dios y ante los hombres.
—No —dijo Isaac, soltando su presa—, tanto me duele ver las gotas de su sangre como si fueran tantos besantes de oro de mi propia bolsa; y bien sé que las lecciones de Miriam, hija del rabino Manasés de Bizancio, cuya alma está en el Paraíso, te han hecho diestra en el arte de curar, y que conoces el oficio de las hierbas y la fuerza de los elixires.
Por tanto, haz lo que tu parecer te dicte; eres una buena doncella, una bendición, una corona y un cántico de júbilo para mí y para mi casa, y para el pueblo de mis padres.
Sin embargo, los temores de Isaac no carecían de fundamento; y la generosa y agradecida benevolencia de su hija la expuso, a su regreso a Ashby, a la profana mirada de Brian de Bois-Guilbert. El Templario pasó