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VIII. El Torneo

Habiendo dado a entender su propósito más pacífico, los campeones se retiraron al extremo del palenque, donde permanecieron formados en línea; mientras que los desafiantes, saliendo cada uno de su pabellón, montaron a caballo y, encabezados por Brian de Bois-Guilbert, bajaron de la plataforma y se enfrentaron uno a uno a los caballeros que habían tocado sus respectivos escudos.

Al clarín y a las trompetas, partieron el uno contra el otro a todo galope; y tal fue la superior destreza o la buena fortuna de los desafiadores, que aquellos que se enfrentaban a Bois-Guilbert, Malvoisin y Front-de-Bœuf rodaron por el suelo.

El antagonista de Grantmesnil, en vez de dirigir la punta de su lanza directamente contra la cimera o el escudo de su enemigo, se desvió tanto de la línea recta que rompió el arma contra el cuerpo de su contrincante, circunstancia que se consideraba más deshonrosa que el hecho de ser derribado del caballo; porque esto último podía ocurrir por accidente, mientras que lo primero demostraba torpeza y falta de dominio del arma y del caballo.

El quinto caballero mantuvo por sí solo el honor de su partido y se separó limpiamente del Caballero de San Juan, astillando ambos sus lanzas sin ventaja para ninguna de las partes.

Los gritos de la multitud, junto con las aclamaciones de los heraldos y el clarín de las trompetas, anunciaron el triunfo de los vencedores y la derrota de los vencidos. Aquellos se retiraron a sus pabellones, y estos, recomponiéndose como pudieron, se alejaron de la liza con deshonra y abatimiento para acordar con sus vencedores el rescate de sus armas y sus caballos, los cuales, según las leyes del torneo, habían perdido. Únicamente el quinto de ellos se detuvo en la liza el tiempo suficiente para ser saludado por los aplausos de los espectadores, entre los cuales se

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