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XXIX

“En verdad lo soy —dijo Rebeca—, descendiente de una estirpe cuyo valor se distinguió en la defensa de su propia tierra, pero que jamás hizo la guerra, ni aun cuando aún éramos una nación, salvo por mandato de la Divinidad o al defender su país de la opresión.

El eco de la trompeta ya no despierta a Judá, y sus despreciados hijos no son hoy más que las víctimas sumisas de la opresión hostil y militar. Bien has hablado, señor caballero; hasta que el Dios de Jacob levante para su pueblo elegido a un segundo Gedeón o a un nuevo Macabeo, mal le sienta a la doncella judía hablar de batallas o de guerra”.

La altiva doncella concluyó la discusión en un tono de pesar, que manifestaba profundamente su sentimiento por la degradación de su pueblo, agriado tal vez por la idea de que Ivanhoe la consideraba indigna de intervenir en una cuestión de honor, e incapaz de albergar o expresar sentimientos de honor y generosidad.

—¡Qué poco conoce este pecho —dijo—, al imaginar que la cobardía o la bajeza de alma deben alojarse en él necesariamente, porque he censurado la quimérica caballería de los nazarenos! > ¡Pluguiera al cielo que el derramamiento de mi propia sangre, gota a gota, pudiera redimir el cautiverio de Judá! ¡No, pluguiera a Dios que pudiera servir para liberar a mi padre y a este, su bienhechor, de las cadenas del opresor! El orgulloso cristiano vería entonces si la

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