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IV. El Banquete

se apresuró a salir a su encuentro y a conducirla, con respetuosa ceremonia, hasta el asiento elevado a su propia derecha, reservado para la señora de la mansión. Todos se pusieron de pie para recibirla; y, respondiendo a su cortesía con un mudo gesto de saludo, ella avanzó con gracia para ocupar su lugar en la mesa. Antes de que tuviera tiempo de hacerlo, el Templario le susurró al Prior: «No llevaré ningún collar de oro tuyo en el torneo. El vino de Quíos es tuyo».

—¿No lo dije yo? —replicó el Prior—; pero modera tus arrebatos, que el franklin te observa.

Haciendo caso omiso de esta amonestación, y acostumbrado tan solo a actuar según el impulso inmediato de sus propios deseos, Brian de Bois-Guilbert mantuvo los ojos clavados en la belleza sajona, tanto más impactante quizás para su imaginación cuanto que difería notablemente de la de las sultanas orientales.

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