—¿Qué te hace juzgar así? —dijo el Caballero.
“Porque dos o tres veces he notado el destello de un movimiento entre las hojas verdes. Si hubieran sido hombres honrados, se habrían mantenido en el camino. Pero ese matorral de ahí es una capilla de primera para los Clérigos de San Nicolás”.
—Por mi fe —dijo el Caballero, bajándose la visera—, creo que llevas toda la razón.
Y a buen hora lo cerró, pues tres flechas volaron al mismo instante desde el lugar sospechoso contra su cabeza y su pecho, una de las cuales le habría penetrado hasta el cerebro de no haber sido desviada por la visera de acero. Las otras dos fueron repelidas por el gola y por el escudo que colgaba de su cuello.
—Gracias, fieles armeros —dijo el Caballero—. Wamba, acerquémonos a ellos —y cabalgó directo hacia la espesura. Le salieron al encuentro seis o siete hombres de armas, que se lanzaron contra él con las lanzas en ristre a toda carrera. Tres de las armas impactaron contra él y se astillaron con tan poco efecto como si hubieran arremetido contra una torre de acero. Los ojos del Caballero Negro parecieron echar chispas incluso a través de la rendija de su yelmo. Se incorporó en los estribos con un aire de inexpresible dignidad y exclamó: «¡Qué significa esto, señores míos!». Los hombres no respondieron otra cosa que desenvainar sus espadas y atacarlo por todos lados, gritando: «¡Muere, tirano!».
—¡Ja! ¡San Eduardo! ¡Ja! ¡San Jorge! —dijo el Caballero Negro, derribando a un hombre con cada invocación—; ¿acaso tenemos traidores aquí?