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XXXII

trato. Termine ahora toda animadversión. Pensemos en pedir rescate por el judío, ya que el leopardo no cambia sus manchas, y judío seguirá siendo.

—El sacerdote —dijo Clemente— no está ni la mitad de seguro de la conversión del judío, desde que recibió aquel bofetón en la oreja.

«¡Vamos, bellaco, qué blates de conversiones?; —qué, ¿no hay respeto?; —¿todos amos y ningún criado? —Te digo, compañero, que estaba algo mareado cuando recibí el golpe del buen caballero, o me habría mantenido firme ante él. Pero si sigues burlándote de ello, aprenderás que sé dar tanto como recibir».

—¡Paz a todos! —dijo el Capitán—. Y tú, judío, piensa en tu rescate; no necesitas que se te diga que tu raza es tenida por maldita en todas las comunidades cristianas, y créeme que no podemos soportar tu presencia entre nosotros. Piensa, por tanto, en una oferta, mientras examino a un prisionero de otra laya.

—¿Capturaron a muchos de los hombres de Front-de-Boeuf? —preguntó el Caballero Negro.

—Ninguno digno de ser rescatado —respondió el Capitán—; una recua de bribones que dejamos libres para que se buscaran un nuevo amo; ya se había hecho bastante por la venganza y el lucro; el hato entero no valía un cardecu. El prisionero de quien hablo es mejor botín: un alegre monje que iba a visitar a su manceba, a juzgar por su silla de montar y sus ropas. Aquí viene el digno prelado, tan tieso como una urraca. Y, custodiado por dos hombres de armas, fue conducido ante el trono silvestre del Jefe forajido nuestro viejo amigo, el prior Aymer de Jorvaulx.

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