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XX

afuera; pues, cambiando totalmente de actitud, rasguñaban y gimoteaban en la puerta, como si intercedieran por su admisión. El ermitaño desabrochó rápidamente su pestillo y dio entrada a Locksley con sus dos compañeros.

—Dime, ermitaño —fue la primera pregunta del ballestero en cuanto vio al caballero—, ¿qué noble compadre tienes aquí?

—Un hermano de nuestra orden —respondió el fraile, sacudiendo la cabeza—; hemos estado en nuestros maitines toda la noche.

—Es un monje de la iglesia militante, según creo —respondió Locksley—; y hay más de ellos por ahí. Te lo digo, fraile, has de dejar el rosario y tomar el bastón de dos varas; vamos a necesitar a cada uno de nuestros alegres hombres, ya sea clérigo o laico. —Pero —añadió, llevándolo un paso aparte—, ¿estás loco? ¿Dar entrada a un caballero que no conoces? ¿Has olvidado nuestros estatutos?

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