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XI. Los dos hidalgos de Verona

en secreto lo que esta noche os ha sucedido, y no tendréis motivo para arrepentiros; desatended lo que ahora se os dice, y la Torre de Londres no os protegerá contra nuestra venganza.

—Buenas noches tengan vuestras mercedes —dijo Gurth—; recordaré vuestras órdenes y confío en que no sea ofensivo desearos un oficio más seguro y honrado.

Así se separaron, los bandidos volviendo en la dirección de donde habían venido, y Gurth dirigiéndose a la tienda de su amo, a quien, a pesar de la orden que había recibido, le comunicó todas las aventuras de la tarde.

El Caballero Desheredado estaba lleno de asombro, tanto por la generosidad de Rebeca, de la cual, sin embargo, resolvió no aprovecharse, como por la de los ladrones, a cuya profesión semejante cualidad le parecía totalmente ajena.

Su curso de reflexiones sobre estas singulares circunstancias fue, sin embargo, interrumpido por la necesidad de descansar, lo cual la fatiga del día anterior y la conveniencia de reponer fuerzas para el combate del día siguiente tornaban igualmente indispensable.

El caballero, por lo tanto, se tendió para descansar sobre un rico lecho de que estaba provista la tienda; y el fiel Gurth, extendiendo sus recios miembros sobre una piel de oso que hacía las veces de alfombra en el pabellón, se tumbó a lo largo de la entrada de la tienda, de modo que nadie pudiera entrar sin despertarlo.

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