—Vuestra Merced puede estar bien seguro —dijo el fraile— de que, con la gracia de san Dunstan, encontraré el modo de multiplicar vuestro generosísimo donativo.
—No lo dudo en absoluto, buen hermano —dijo el Rey—; y como la carne de venado es alimento seco, mi cillerero tendrá órdenes de entregarte anualmente una pipa de vino dulce, un barrilillo de malvasía y tres bocoyes de cerveza de la mejor calidad. Si con eso no apagas tu sed, tendrás que venir a la corte y entablar amistad con mi botillero.
—¿Pero y por san Dunstan? —dijo el fraile—
—Una capa, una estola y un mantel de altar también habrás de tener —continuó el Rey, persignándose—, mas no debemos convertir nuestro juego en algo serio, no sea que Dios nos castigue por pensar más en nuestras necedades que en su honra y culto.
—Yo responderé por mi patrón —dijo el cura, jubiloso.
—Responde por ti mismo, fraile —dijo el rey Ricardo, con cierta severidad; pero extendiendo inmediatamente la mano hacia el Ermitaño, este último, algo abochornado, dobló la rodilla y la besó—. Menos honra le rindes a mi palma extendida que a mi puño cerrado —dijo el Monarca—; ante la primera tan solo te arrodillaste, y ante el segundo te postraste.
Pero el fraile, temeroso quizá de volver a ofender al continuar la conversación en un tono demasiado jocoso —un paso en falso contra el que deben guardarse en especial quienes conversan con monarcas—, hizo una reverencia profunda y pasó a la retaguardia.
Al mismo tiempo, dos personajes adicionales aparecieron en escena.