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XXXVII

Su camarada había sido testigo desde una almena vecina de la escena entre Rebecca y Bois-Guilbert, cuando ella estuvo a punto de precipitarse desde lo alto de la torre.

Para no ser menos que su compañero, este individuo declaró que había visto a Rebecca posarse sobre el parapeto del torreón, y adoptar allí la forma de un cisne blanco como la leche, bajo cuya apariencia revoloteó tres veces alrededor del castillo de Torquilstone; para luego posarse de nuevo en el torreón y asumir otra vez la forma femenina.

Menos de la mitad de esta contundente prueba habría sido suficiente para condenar a cualquier vieja, pobre y fea, aunque no hubiese sido judía. Unida a esa circunstancia fatal, la suma de pruebas era demasiado pesada para la juventud de Rebecca, a pesar de estar combinada con la belleza más exquisita.

El Gran Maestre había recogido los votos y ahora, con tono solemne, le exigía a Rebeca que dijera qué tenía que alegar contra la sentencia de condena que estaba a punto de pronunciar.

—Invocar vuestra piedad —dijo la hermosa judía, con voz algo temblorosa por la emoción—, sería, bien lo sé, tan inútil como lo consideraría indigno. Afirmar que socorrer a los enfermos y heridos de otra religión no puede desagradar al Fundador reconocido de ambas fes, tampoco serviría de nada; alegar que muchas cosas que estos hombres (¡a los que el Cielo perdone!) han dicho en mi contra son imposibles, me valdría de bien poco, ya que vos creéis en su posibilidad; y aún menos provecho me reportaría explicar que las peculiaridades de mi vestido, mi lengua y mis modales son las de mi pueblo —casi diría de mi país, ¡pero ay!, no tenemos país. Tampoco habré de disculparme a expensas de mi opresor, que está ahí escuchando las ficciones y conjeturas que parecen convertir al tirano en víctima. —¡Dios sea juez entre él y yo! Antes me sometería a diez muertes

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