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nydus/IvanhoePublic
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XXXIII

—Flor de guerreros, ¿Cómo está Tito Larcio?

Marcio

Como un hombre ocupado en dictar decretos, condenando a unos a muerte y a otros al destierro, rescatando a este o apiadándose de él, amenazando al de más allá.

Coriolano

Los rasgos y los modales del abad cautivo mostraban una caprichosa mezcla de orgullo herido, de extravagante coquetería y de terror físico.

—¿Cómo es esto, amigos míos? —dijo con una voz en la que se mezclaban las tres emociones—. ¿Qué clase de orden es esta entre vosotros? ¿Sois turcos o cristianos para tratar así a un eclesiástico? ¿Sabéis lo que es manus imponere in servos Domini? ¡Habéis saqueado mis maletas, habéis desgarrado mi capa de primoroso encaje recortado, que le habría servido a un cardenal! Otro en mi lugar os habría fulminado con un excommunicabo vos, pero yo soy pacífico; y si preparáis mis palafrenes, liberáis a mis hermanos, me devolvéis mis maletas, contáis sin demora cien coronas para gastarlas en misas en el altar mayor de la abadía de Jorvaulx y hacéis voto de no comer carne de venazo hasta el próximo Pentecostés, es posible que no oigáis hablar más de esta locura.

—Santo Padre —dijo el jefe de los bandoleros—, me entristece pensar que haya recibido por parte de alguno de mis seguidores un trato que amerite su paternal reprensión.

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