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XXXIII

El Prior al fin recobró la compostura lo suficiente como para percatarse de que estaba comprometiendo su dignidad al discutir con un curita de zarzal como el capellán del Forajido, y, al ser alcanzado por sus asistentes, se marchó cabalgando con bastante menos pompa, y en una condición mucho más apostólica, en lo que a asuntos mundanos se refiere, de la que había exhibido antes de este encuentro.

Restaba que el judío presentase alguna garantía por el rescate que había de pagar por cuenta del Prior, así como por el suyo propio. Dio, por consiguiente, una orden sellada con su Sello a un hermano de su tribu en York, exigiéndole que pagase al portador la suma de mil coronas y entregase ciertas mercancías especificadas en la nota.

—Mi hermano Sheva —dijo, soltando un gemido profundo—, tiene la llave de mis almacenes.

—Y de la cámara abovedada —susurró Locksley.

—¡No, no⁠—el cielo me libre! —dijo Isaac—; ¡malhadada hora aquella en que se le reveló ese secreto a quienquiera que fuese!

—Seguro está conmigo —dijo el Bandolero—, siempre que este tu pergamino produzca la suma en él designada y estipulada.⁠—¿Pero qué pasa ahora, Isaac? ¿Estás muerto?, ¿estás estupefacto?, ¿acaso el pago de mil coronas ha borrado de tu mente el peligro de tu hija?

El judío se puso en pie de un salto: —No, Diccon, no—; partiré al instante.—Adiós, tú a quien no puedo llamar bueno, y no oso ni quiero llamar malvado.

Mas antes de que Isaac se marchara, el Jefe de los Forajidos le dio este consejo de despedida:⁠—Sé generoso con tus ofertas, Isaac, y no escatimes tu bolsa para salvar a tu hija. Créeme, el oro que ahorres por su causa te causará en adelante tanta agonía como si te lo vertieran fundido en la garganta.

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