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Al día siguiente a la una fui a la reunión de oración del señor Baker. Allí me presentaron a la señorita Harris, la señorita Gabb, el señor Coates y otros. Todos se arrodillaron para rezar, y yo hice lo mismo.
Las oraciones eran súplicas a Dios por diversas cosas, según el deseo de cada persona. Así, las fórmulas habituales eran para que el día transcurriera en paz, o para que Dios abriera las puertas del corazón.
A continuación se añadió una oración por mi bienestar:
«Señor, muestra el camino al nuevo hermano que ha venido entre nosotros. Dale, Señor, la paz que nos has dado. Que el Señor Jesús que nos ha salvado lo salve a él también. Todo esto lo pedimos en el nombre de Jesús».
No se cantaban himnos ni había otra música en estas reuniones. Tras la súplica por algo especial cada día, nos dispersábamos, yendo cada uno a su almuerzo, ya que era la hora para ello. La oración no duraba más de cinco minutos.
Las señoritas Harris y Gabb eran dos solteronas de edad avanzada. El señor Coates era cuáquero. Las dos damas vivían juntas y me hacían una invitación permanente para tomar el té a las cuatro en su casa todos los domingos.
Cuando nos reuníamos el domingo, solía entregarle al señor Coates mi diario religioso de la semana, y hablar con él sobre los libros que había leído y la impresión que me habían dejado. Las señoras solían narrar sus dulces experiencias y hablar de la paz que habían hallado.