Por fin se nos presentaron ultimatos a los pasajeros y a mí. Se nos pidió que cediéramos, si queríamos salvar la vida. En nuestra respuesta, los pasajeros y yo mantuvimos nuestro derecho a desembarcar en Port Natal e insinuamos nuestra determinación de entrar en Natal a cualquier riesgo.
Al cabo de veintitrés días se permitió a los barcos entrar en el puerto, y se expidieron las órdenes que autorizaban a los pasajeros a desembarcar.