gritó: > “¿No tienes vergüenza? ¿Tienes que olvidarte tanto de ti mismo? ¿A dónde voy a ir? No tengo padres ni parientes aquí que me cobijen. ¿Por ser tu mujer crees que debo aguantar tus bofetadas y patadas? ¡Por el amor de Dios, compórtate y cierra la puerta. Que no nos encuentren armando escándalos
Hice de tripas corazón, pero en realidad me sentía avergonzado y cerré la verja. Si mi esposa no podía dejarme, tampoco yo podía dejarla a ella. Hemos tenido numerosas riñas, pero el final siempre ha sido la paz entre nosotros. La esposa, con sus incomparables dotes de resistencia, siempre ha sido la vencedora.
Hoy estoy en condiciones de relatar el incidente con cierta distancia, ya que pertenece a una época de la que afortunadamente he salido.
Ya no soy un marido ciego e infatuado, ya no soy el maestro de mi esposa.
Kasturba puede, si quiere, ser tan desagradable conmigo hoy como yo solía serlo con ella antes.
Somos amigos probados, y ninguno considera ya al otro como objeto de deseo.
Ha sido una enfermera fiel durante todas mis enfermedades, sirviendo sin ninguna expectativa de recompensa.
El incidente en cuestión ocurrió en 1898, cuando yo no tenía ningún concepto del brahmacharya. Fue una época en la que pensaba que la esposa era el objeto de la lujuria de su marido, nacida para cumplir los deseos del marido, más que una compañera, una camarada y socia en las alegrías y tristezas del esposo.
Fue en el año de 1900 cuando estas ideas experimentaron una transformación radical, y en 1906 tomaron forma concreta. Pero de esto me propongo hablar en su debido lugar.