tender trampas a la gente y, por lo tanto, los campesinos tenían necesariamente que ser cautelosos.
Como no quería irritar a los hacendados, sino ganármelos mediante la amabilidad, me propuse escribir y reunirme con aquellos contra quienes se habían formulado acusaciones de naturaleza grave.
También me reuní con la Asociación de Hacendados, les expuse las quejas de los ryots y me familiaricé con su punto de vista.
Algunos de los hacendados me aborrecían, otros se mostraban indiferentes y unos pocos me trataron con cortesía.