No debía, decía, aspirar a ser más sabio que nuestro padre. Debía mantener a la familia como él lo había hecho. Le señalé que yo estaba haciendo exactamente lo que nuestro padre había hecho. El significado de «familia» apenas tenía que ampliarse ligeramente y la sabiduría de mi paso se haría evidente.
Mi hermano me repudió y prácticamente cortó toda comunicación. Yo estaba profundamente afligido, pero habría sido una aflicción mayor renunciar a lo que consideraba mi deber, y preferí la menor. Pero eso no afectó mi devoción hacia él, que siguió siendo tan pura y grande como siempre.
Su gran amor por mí estaba en la raíz de su desdicha. No le importaba tanto mi dinero como que yo me portara bien con la familia. Cerca del final de su vida, sin embargo, comprendió mi punto de vista. Estando casi en su lecho de muerte, se dio cuenta de que mi paso había sido el correcto y me escribió una carta de lo más conmovedora. Me pidió perdón, si es que acaso un padre puede pedirle perdón a su hijo. Puso a sus hijos bajo mi cuidado, para que fueran criados como a mí me pareciera oportuno, y expresó su impaciencia por verme.
Me cablegrafió diciendo que le gustaría venir a Sudáfrica y yo le respondí por cable que podía hacerlo. Pero eso no llegó a suceder. Tampoco pudo cumplirse su deseo respecto a sus hijos. Murió antes de poder emprender el viaje a Sudáfrica. Sus hijos habían sido criados en el viejo ambiente y no pudieron cambiar el rumbo de su vida. No pude atraerlos hacia mí. No era culpa suya.
«¿Quién puede decirle a la marea de su propia naturaleza: "hasta aquí y no más"?»
¿Quién puede borrar las impresiones con las que nace? Es vano esperar que los hijos y pupilos de uno sigan necesariamente el mismo curso de evolución que uno mismo.