No necesitaba tal seguridad. Sospechaba de bastantes oficiales, pero como no tenía pruebas indiscutibles contra todos ellos, se emitieron órdenes de arresto contra los dos sobre cuya culpabilidad no tenía la menor duda.
Mis movimientos jamás pudieron mantenerse en secreto. Muchos sabían que iba al comisario de policía prácticamente a diario.
Los dos oficiales contra quienes se habían emitido órdenes de arresto tenían espías más o menos eficientes. Solían vigilar mi oficina e informar de mis movimientos a los oficiales.
Debo admitir, sin embargo, que estos oficiales eran tan malos que no podían haber tenido muchos espías. Si los indios y los chinos no me hubieran ayudado, nunca habrían sido arrestados.
Uno de estos se había fugado. El comisario de policía obtuvo una orden de extradición en su contra, lo hizo arrestar y lo trajo a Transvaal. Fueron juzgados y, a pesar de que había pruebas contundentes en su contra, y a pesar de que el jurado tenía pruebas de que uno de ellos se había fugado, ambos fueron declarados no culpables y absueltos.
Me sentí profundamente decepcionado. El comisario de policía también lo sentía mucho. La profesión legal empezó a darme asco. El intelecto mismo se convirtió en una abominación para mí, en la medida en que podía prostituirse para encubrir el crimen.
Sin embargo, la culpabilidad de ambos oficiales era tan patente que, a pesar de su absolución, el Gobierno no pudo darles cabida. Ambos fueron destituidos, y el Departamento Asiático quedó comparativamente limpio y la comunidad india recobró cierta tranquilidad.
El acontecimiento mejoró mi prestigio y me trajo más clientes. La mayor parte, aunque no toda, de las cientos de libras que la comunidad