Sin embargo, me di cuenta de que las secciones en tamil y hindi eran una simulación. No cumplían el propósito para el que habían sido concebidas, así que las suprimí, pues sentía además que su continuidad implicaría un cierto grado de engaño.
No tenía la menor idea de que tendría que invertir dinero en este periódico, pero pronto descubrí que no podía salir adelante sin mi ayuda financiera. Tanto los indios como los europeos sabían que, aunque no era formalmente el director de Indian Opinion, era prácticamente el responsable de su gestión. No habría importado que el periódico nunca hubiera llegado a fundarse, pero tener que suspenderlo una vez lanzado habría sido tanto una pérdida como una deshonra. Así que seguí desembolsando mi dinero, hasta que al final prácticamente estaba destinando todos mis ahorros a él. Recuerdo una época en la que tenía que enviar 75 libras esterlinas cada mes.
Pero después de todos estos años siento que la revista ha servido bien a la comunidad. Nunca tuvo la intención de ser un negocio comercial. Mientras estuvo bajo mi control, los cambios en la revista fueron indicativos de los cambios en mi vida. Indian Opinion en aquellos días, al igual que Young India y Navajivan hoy, era el espejo de una parte de mi vida. Semana tras semana vertí mi alma en sus columnas y expuse los principios y la práctica del satyagraha tal como los entendía.
Durante diez años, es decir, hasta 1914, salvo los intervalos de mi descanso forzoso en prisión, difícilmente hubo un número de Indian Opinion sin un artículo mío. No puedo recordar una sola palabra en esos artículos que haya sido escrita sin pensamiento ni deliberación, ni una palabra de exageración consciente, ni nada con el mero fin de agradar. En verdad, el periódico se convirtió para mí en un ejercicio de autocontrol, y para mis amigos en un medio a través del cual mantenerse en contacto con mis pensamientos.