Kalyandas. Los otros expresaron su disposición tan pronto como se les pidió. «Donde tú estés, nosotros también estaremos», fue su corta y entrañable respuesta.
Mr. Ritch tenía una familia numerosa. Estaba dispuesto a dar el paso, pero yo se lo impedí. No tuve el valor de exponerlo al riesgo. Así que se encargó del trabajo fuera de la zona de peligro.
Fue una noche terrible: aquella noche de vela y cuidados. Yo ya había cuidado a varios pacientes antes, pero nunca a ninguno atacado por la peste negra. El valor del doctor Godfrey resultó contagioso.
No se requerían muchos cuidados. Darles sus dosis de medicina, atender a sus necesidades, mantenerlos a ellos y a sus camas limpios y ordenados, y animarlos era todo lo que teníamos que hacer.
El celo indatigable y la valentía con la que trabajaron los jóvenes me regocijaron sin medida.
Uno podía entender la valentía del Dr. Godfrey y de un hombre experimentado como el señor Madanjit. ¡Pero el espíritu de estos novatos jóvenes!
Por lo que recuerdo, sacamos adelante a todos los pacientes esa noche.
Pero todo el incidente, aparte de su patetismo, es de un interés tan absorbente y, para mí, de un valor religioso tal, que debo dedicarle al menos dos capítulos más.