“Eso no es asunto nuestro. Nuestro asunto es adorar a Dios.”
“Pero ¿no pudiste encontrar ningún otro lugar en el que adorar a Dios?”
“Todos los lugares son igualmente buenos para nosotros. La gente es como un rebaño de ovejas, que sigue a donde los líderes la guían. No es asunto de nosotros, los sadhus”.
No prolongamos la discusión, sino que pasamos al templo. Nos recibió un río de sangre. No pude soportar estar allí. Estaba exasperado e inquieto. Nunca he olvidado aquella visión.
Ese mismo anochecer tenía una invitación a cenar en una reunión de amigos bengalíes. Allí le hablé a un amigo sobre esta cruel forma de culto. Me dijo:
«Las ovejas no sienten nada. El ruido y el batir de los tambores allí adormecen toda sensación de dolor».
No pude tragarme aquello. Le dije que, si las ovejas tuvieran voz, contarían otra historia. Sentía que aquella cruel costumbre debía terminar. Pensé en la historia de Buda, pero también vi que la tarea superaba mi capacidad.
Mantengo hoy la misma opinión que tenía entonces. A mi parecer, la vida de un cordero no es menos preciosa que la de un ser humano. No estaría dispuesto a quitarle la vida a un cordero por el bien del cuerpo humano. Sostengo que, cuanto más indefensa es una criatura, más derecho tiene a ser protegida por el hombre frente a la crueldad del hombre. Pero quien no se ha preparado para tal servicio es incapaz de brindarle protección alguna.