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nydus/The Story of My Experiments with TruthPublic
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XXII. Comparative Study of Religions

no se desborda de amor al pensar en el cordero posado alegremente sobre sus hombros? Uno no advierte este amor por todos los seres vivos en la vida de Jesús. La comparación afligió a la buena señora. Pude comprender sus sentimientos. Zanjé el asunto y fuimos al comedor. Su hijo, un querubín de apenas cinco años, también estaba con nosotros. Soy más feliz cuando estoy entre niños, y este pequeño y yo éramos amigos desde hacía tiempo. Hablé con burla del trozo de carne en su plato y alabé efusivamente la manzana en el mío. El inocente muchacho se dejó llevar y se sumó a mis elogios de la fruta.

¿Pero la madre? Estaba consternada.

Me habían advertido. Me detuve a tiempo y cambié de tema. La semana siguiente visité a la familia como de costumbre, pero no sin cierta trepidación. No me parecía que debiera dejar de ir, ni tampoco lo creía conveniente. Pero la buena señora me facilitó las cosas.

—Señor Gandhi —dijo ella—, le ruego que no le parezca mal que me vea en la obligación de decirle que mi muchacho no gana nada con su compañía. Todos los días duda en comer carne y pide fruta, recordándome los argumentos de usted. Esto ya es demasiado. Si deja la carne, acabará debilitándose, cuando no enfermando. ¿Cómo podría yo soportarlo? Sus conversaciones de ahora en adelante deben ser únicamente con nosotros, los mayores. Es seguro que a los niños les sientan mal.

—Señora ⸻ —repliqué—, lo siento. Comprendo sus sentimientos como madre, pues yo también tengo hijos. Podemos poner fin a esta desagradable situación con mucha facilidad. Lo que como y dejo de comer influirá inevitablemente mucho más en el niño que lo que le diga. Por lo tanto, la mejor manera de proceder es que deje de hacer estas visitas. Eso, desde luego, no tiene por qué afectar a nuestra amistad.

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