Como me conformaba con esto, podía tirar adelante con muchachos de diferentes edades y que aprendían distintas materias en una misma y única aula.
De los libros de texto, de los que tanto oímos hablar, nunca sentí la necesidad. Ni siquiera recuerdo haber hecho gran uso de los libros que estaban disponibles. No me pareció en absoluto necesario cargar a los muchachos con cantidades de libros.
Siempre he sentido que el verdadero libro de texto para el alumno es su profesor. Recuerdo muy poco de lo que mis maestros me enseñaron a partir de los libros, pero aún hoy conservo un claro recuerdo de las cosas que me enseñaron independientemente de los libros.
Los niños absorben mucho más y con menos esfuerzo a través de los oídos que de los ojos.
No recuerdo haber leído ningún libro de cabo a rabo con mis muchachos. Pero les transmití, en mis propias palabras, todo lo que había digerido de mi lectura de diversos libros, y me atrevo a decir que aún conservan el recuerdo de ello en sus mentes.
Les resultaba laborioso recordar lo que aprendían de los libros, pero lo que les impartía de viva voz, podían repetirlo con la mayor facilidad. Leer era una tarea para ellos, pero escucharme era un placer, siempre y cuando no los aburriera por no lograr que mi tema fuera interesante. Y a partir de las preguntas que mis charlas los impulsaban a hacer, medía su capacidad de comprensión.