—¿Es esta su decisión final? —preguntó Gokhale.
—Me temo que no puedo decidir de otro modo —dije—. Sé que mi decisión les causará dolor; pero les ruego que me perdónen.
Con cierto dolor, pero con hondo afecto, Gokhale dijo:
«No apruebo su decisión. No le veo religión alguna. Pero no insistiré más».
Con estas palabras se volvió hacia el doctor Jivraj Mehta y dijo:
«Por favor, no lo preocupe más. Prescríbale lo que le plazca dentro del límite que él mismo se ha fijado».
El doctor expresó su desacuerdo, pero se encontraba impotente. Me aconsejó que tomara sopa de frijol mungo con una pizca de asafétida. A esto accedí.
La tomé durante uno o dos días, pero aumentó mi dolor. Como no la encontré adecuada, volví a las frutas y los frutos secos.
Por supuesto, el médico continuó con su tratamiento externo. Este último alivió un tanto mi dolor, pero para él mis restricciones constituían un gran obstáculo.
Mientras tanto, Gokhale regresó a su país, ya que no soportaba las nieblas de octubre en Londres.