Así que fuimos a Wellington. Al señor Baker le costó lo suyo tener por compañero a “un hombre de color” como yo. Tuvo que sufrir inconvenientes en muchas ocasiones únicamente por mi culpa.
Tuvimos que interrumpir el viaje por el camino, ya que uno de los días coincidió que era domingo, y el señor Baker y su grupo no querían viajar en sabbat. Aunque el gerente del hotel de la estación aceptó hospedarme tras muchas discusiones, se negó rotundamente a dejarme entrar en el comedor.
El señor Baker no era hombre de ceder fácilmente. Defendía los derechos de los huéspedes de un hotel. Pero yo podía ver su apuro. En Wellington también me alojé con el señor Baker. A pesar de sus mayores esfuerzos por ocultar los pequeños inconvenientes a los que se veía sometido, yo los notaba todos.
Esta Convención fue una asamblea de devotos cristianos. Me encantó su fe. Conocí al reverdeando Murray. Vi que muchos estaban orando por mí. Me gustaban algunos de sus himnos, eran muy dulces.
La Convención duró tres días. Pude comprender y apreciar la devoción de quienes asistieron a ella. Pero no vi razón alguna para cambiar mi creencia—mi religión. Me era imposible creer que pudiera ir al cielo o alcanzar la salvación solo haciéndome cristiano. Cuando se lo dije con franqueza a algunos de los buenos amigos cristianos, se quedaron horrorizados. Pero no había remedio.
Mis dificultades radicaban en un plano más profundo. Me costaba creer que Jesús fuera el único hijo encarnado de Dios, y que solo aquel que creyera en él obtendría la vida eterna. Si Dios podía tener hijos, todos nosotros éramos Sus hijos. Si Jesús era como Dios, o Dios mismo, entonces todos los hombres eran como Dios y podían ser Dios mismo. Mi razón no estaba preparada para creer