habrían ocurrido. Si puede identificar a los agresores, estoy dispuesto a arrestarlos y procesarlos. El señor Chamberlain también desea que lo
A lo cual di la siguiente respuesta:
“No quiero procesar a nadie. Es posible que pueda identificar a uno o dos de ellos, pero ¿de qué sirve castigarlos? Además, no culpo a los agresores. Se les dio a entender que yo había hecho declaraciones exageradas en India sobre los blancos en Natal y que los había calumniado. Si creyeron estos informes, no es de extrañar que se hayan enfurecido. Los líderes, y, si me permite que lo diga, usted tienen la culpa. Podrían haber guiado a la gente adecuadamente, pero usted también creyó a Reuter y supuso que yo debí de haber incurrido en exageraciones. No quiero pedirle cuentas a nadie. Estoy seguro de que, cuando se conozca la verdad, se arrepentirán de su conducta”.
—¿Le importaría dármelo por escrito? —dijo el Sr. Escombe.
«Porque tendré que enviarle un cable al Sr. Chamberlain en ese sentido. No quiero que haga ninguna declaración a la ligera. Puede, si lo desea, consultar al Sr. Laughton y a sus otros amigos antes de tomar una decisión definitiva. Debo confesarle, sin embargo, que, si usted renuncia al derecho de llevar ante la justicia a sus agresores, me ayudará considerablemente a restablecer la tranquilidad, además de enaltecer su propia reputación».
—Gracias —dije—. No necesito consultar a nadie. Ya había tomado una decisión al respecto antes de venir a verle. Es mi convicción que no debo procesar a los agresores, y estoy dispuesto en este mismo momento a poner mi decisión por escrito.