Como satyagrahi, sabía que no debía ayunar contra ellos, sino dejarlos en libertad de verse influenciados únicamente por la huelga de los obreros. Mi ayuno no se emprendió a causa de una falta de los dueños de los molinos, sino a causa de la de los trabajadores, en la cual, como su representante, sentía que tenía una parte. Con los dueños de los molinos solo podía suplicar; ayunar contra ellos equivaldría a una coacción. Sin embargo, a pesar de saber que mi ayuno iba a ejercer presión sobre ellos, como de hecho lo hizo, sentí que no podía evitarlo. El deber de emprenderlo me pareció claro.
Intenté tranquilizar a los dueños de los molinos.
“No hay la menor necesidad de que retrocedan en su postura”, les dije.
Pero recibieron mis palabras con frialdad e incluso me lanzaron pullas sutiles y afiladas, como por otra parte tenían todo el derecho de hacer.
El principal responsable de la inflexible postura de los dueños de los molinos frente a la huelga era Sheth Ambalal. Su férrea voluntad y su transparente sinceridad eran admirables y cautivaron mi corazón. Era un placer enfrentarse a él.
La tensión provocada por mi ayuno en la oposición, de la cual él era la cabeza, me dolió, por lo tanto, en lo más hondo. Y además, Sarladevi, su esposa, me profesaba un cariño de hermana carnal, y yo no podía soportar ver su angustia a causa de mi acción.
Anasuyabehn y varios otros amigos y obreros compartieron el ayuno conmigo el primer día. Pero después de cierta dificultad, pude disuadirlos de que lo continuaran.
El resultado neto de todo ello fue que se creó una atmósfera de buena voluntad en todos los frentes. Los corazones de los propietarios de los