Por un momento sentí que saldría lastimado. Pero mi temor era infundado; las lanzas apenas rozaron el coche mientras los lanceros pasaban velozmente.
Las filas de la gente no tardaron en romperse y cayeron en la más absoluta confusión, la cual pronto se transformó en una desbandada.
Unos fueron pisoteados, otros resultaron gravemente maltrechos y aplastados.
En aquella masa bullente de humanidad apenas había espacio para que pasaran los caballos, ni tampoco salida alguna por la que la gente pudiera dispersarse.
De modo que los lanceros se abrieron paso a ciegas entre la multitud. Difícilmente imagino que pudieran ver lo que estaban haciendo.
El conjunto ofrecía el espectáculo más espantoso. Jinetes y gente se mezclaban en una loca confusión.
Así la multitud fue dispersada y se frenó su avance. Se nos permitió continuar en nuestro automóvil. Hice que se detuviera ante la oficina del Comisario, y bajé para quejarme ante él por la conducta de la policía.