Con esto miré a mi cliente. Estaba un poco avergonzado. Yo había estado en el caso desde el mismo principio. El cliente confiaba plenamente en mí y me conocía de pe a pa. Dijo:
«Bueno, entonces, usted alegará el caso y admitirá el error. Perdamos, si ese ha de ser nuestro destino. Dios defiende la justicia».
Estaba encantado. No había esperado menos de él. El abogado senior volvió a advertirme, me compadeció por mi obstinación, pero aun así me felicitó.
Lo que sucedió en el tribunal lo veremos en el siguiente capítulo.