mismo. Sí observé a piadosas hermanas, absortas en la meditación, totalmente inconscientes del entorno. Pero de esto las autoridades del templo apenas podían reclamar mérito alguno. Las autoridades deberían ser responsables de crear y mantener alrededor del templo una atmósfera pura, dulce y serena, tanto física como moral. En lugar de esto encontré un bazar donde astutos tenderos vendían dulces y juguetes de la última moda.
Cuando llegué al templo, me recibió en la entrada una masa apestosa de flores podridas. El piso estaba pavimentado con mármol fino, el cual, sin embargo, estaba roto por algún devoto ajeno al gusto estético, que lo había incrustado con rupias que servían como un excelente receptáculo para la suciedad.
Me acerqué al Jñāna-vāpī (Pozo del Conocimiento). Busqué allí a Dios pero no logré encontrarlo. Por lo tanto, no estaba de muy buen humor. Los alrededores del Jñāna-vāpī también me parecieron sucios. No tenía