deber, como podía hacerlo para reclamar sus derechos. En algunos lugares me encontré con insultos, en otros con una educada indiferencia. Era demasiado pedir que la gente se movilizara para mantener limpios sus alrededores. Esperar que encontraran dinero para el trabajo estaba fuera de toda duda. Estas experiencias me enseñaron, mejor que nunca antes, que sin infinita paciencia era imposible lograr que la gente hiciera trabajo alguno. Es el reformador quien está ávido de la reforma, y no la sociedad, de la cual no debe esperar otra cosa que oposición, repugnancia e incluso persecución mortal. ¿Por qué no habría de considerar la sociedad como una regresión lo que el reformador atesora como su propia vida?
No obstante, el resultado de esta agitación fue que la comunidad india aprendió a reconocer más o menos la necesidad de mantener limpias sus casas y sus alrededores.
Me gané la estima de las autoridades. Vieron que, aunque me había ocupado de ventilar agravios y reclamar derechos, no estaba menos empeñado e insistente en la autopurificación.
Había una cosa, sin embargo, que aún quedaba por hacer, a saber, despertar en el colono indio el sentido del deber hacia la madre patria. La India era pobre, el colono indio iba a Sudáfrica en busca de riqueza, y estaba obligado a destinar parte de sus ganancias en beneficio de sus compatriotas en la hora de su adversidad. Esto lo hizo el colono durante las terribles hambres de 1897 y 1899. Contribuyeron generosamente para el socorro de los hambrientos, y más aún en 1899 que en 1897. Habíamos apelado también a los ingleses en busca de fondos, y habían respondido favorablemente. Incluso los indios bajo contrato (indentured) dieron su parte a las contribuciones, y el sistema inaugurado en la época de estas hambres se ha mantenido desde entonces, y