mediante las cuales intenté comprender el sánscrito original.
También decidí aprender de memoria uno o dos versos todos los días.
Con este propósito empleaba el tiempo de mis abluciones matutinas. La operación me llevaba treinta y cinco minutos, quince minutos para el cepillo de dientes y veinte para el baño. Lo primero solía hacerlo de pie a la usanza occidental. Así que en la pared de enfrente pegué tiritas de papel en las que estaban escritos los versos del Gita y las consultaba de vez en cuando para ayudar a mi memoria. Este tiempo resultó suficiente para memorizar la porción diaria y recordar los versos ya aprendidos.
Recuerdo haber memorizado así trece capítulos. Pero la memorización del Gita tuvo que ceder ante otro trabajo y la creación y naturaleza del satyagraha, que absorbieron todo mi tiempo de reflexión, como puede decirse que este último sigue haciendo incluso ahora.
El efecto que esta lectura de la Gita produjo en mis amigos solo ellos pueden decirlo, pero para mí la Gita se convirtió en una guía infalible de conducta. Se volvió mi diccionario de consulta diaria. Del mismo modo que recurría al diccionario de inglés para buscar el significado de las palabras inglesas que no entendía, recurría a este diccionario de conducta en busca de una solución inmediata a todos mis problemas y tribulaciones.
Palabras como aparigraha (no posesión) y samabhava (ecuanimidad) me cautivaron. Cómo cultivar y preservar esa ecuanimidad era la cuestión. ¿Cómo debía uno tratar por igual a funcionarios insultantes, insolentes y corruptos, a compañeros de ayer que planteaban oposiciones sin sentido y a hombres que siempre habían sido buenos con uno? ¿Cómo iba uno a despojarse de todas sus posesiones?