Por consiguiente, deploraba la civilización de la que los blancos de Natal eran el fruto, y a la que representaban y defendían. Esta civilización había estado rondando mi mente todo el tiempo, y por ello expuse mis puntos de vista al respecto en mi discurso ante aquella pequeña reunión. El capitán y otros amigos me escucharon con paciencia y recibieron mi discurso con el espíritu con el que fue pronunicado. No sé si esto afectó en modo alguno el curso de sus vidas, pero más tarde mantuve largas charlas con el capitán y otros oficiales sobre la civilización de Occidente. En mi discurso había descrito la civilización occidental como una que, a diferencia de la oriental, se basaba predominantemente en la fuerza. Los interlocutores pusieron a prueba mi convicción y uno de ellos —el capitán, según recuerdo— me dijo:
“Suponiendo que los blancos cumplan sus amenazas, ¿cómo se mantendrá fiel a su principio de no violencia?”, a lo que respondí:
“Espero que Dios me dé el valor y la sensatez para perdonarlos y abstenerme de llevarlos ante la justicia. No les tengo ningún rencor. Solo siento su ignorancia y su estrechez de miras. Sé que creen sinceramente que lo que hacen hoy es correcto y adecuado. Por lo tanto, no tengo motivos para enojarme con ellos”.
El interrogador sonrió, posiblemente con desconfianza.
Así los días arrastraban su cansada longitud. Cuándo terminaría la cuarentena era aún incierto. El Oficial de Cuarentena dijo que el asunto había pasado de sus manos y que, tan pronto como tuviera órdenes del Gobierno, nos permitiría desembarcar.