sospechaba que las celebraciones serían en gran medida una cuestión de apariencia. Descubrí mucha farsa en torno a ellas y me dolió considerablemente. Comencé a preguntarme si debía seguir en el comité o no, pero al final decidí quedarme satisfecho con hacer mi parte del trabajo.
Una de las propuestas era plantar árboles. Vi que muchos lo hacían meramente por aparentar y para complacer a los funcionarios. Intenté suplicarles que plantar árboles no era obligatorio, sino meramente una sugerencia. Debía hacerse con seriedad o no hacerse en absoluto.
Tengo la impresión de que se rieron de mis ideas. Recuerdo que hablé en serio cuando planté el árbol que me tocó y que lo regué y cuidé con esmero.
Asimismo, enseñé el Himno Nacional a los niños de mi familia. Recuerdo habérselo enseñado a estudiantes de la Escuela Normal local, pero olvido si fue con motivo del Jubileo o de la coronación del rey Eduardo VII como emperador de la India.
Más adelante, el texto comenzó a resultarme discordante. A medida que mi concepto de ahimsa iba madurando, me volví más vigilante con respecto a mis pensamientos y mis palabras. Los versos del Himno:
“Dispersa a sus enemigos, Y hazlos caer; Confunde sus maquinaciones, Frustra sus artimañas malvadas.”
particularmente contrariaba mi sentimiento de ahimsa. Compartí mis sentimientos con el Dr. Booth, quien coincidió en que a un creyente en el ahimsa le sentaba muy mal entonar esos versos. ¿Cómo podíamos asumir que los llamados «enemigos» eran «pícaros»? Y por el hecho de ser enemigos, ¿estaban obligados a estar en el error? A Dios solo podíamos pedirle justicia. El