No creo que estas preguntas tengan mucho sentido. He estado en contacto con numerosos estudiantes. He intentado, por mí mismo o a través de otros, imponer mis «modas» educativas también a otros niños y he visto los resultados de ello.
Tengo conocimiento de varios jóvenes actuales de la misma generación que mis hijos. No creo que, de hombre a hombre, sean mejores que mis hijos, ni que mis hijos tengan mucho que aprender de ellos.
Pero el resultado último de mis experimentos está en el seno del futuro.
Mi objetivo al tratar este tema aquí es que un estudioso de la historia de la civilización pueda tener cierta medida de la diferencia entre la educación doméstica disciplinada y la educación escolar, y también del efecto producido en los niños a través de los cambios introducidos por los padres en sus vidas.
El propósito de este capítulo es también mostrar los extremos a los que se ve arrastrado un devoto de la verdad por sus experimentos con la verdad, así como mostrar al devoto de la libertad cuántos son los sacrificios que exige esa austera diosa.
De haber carecido de sentido del orgullo propio y haberme conformado con dar a mis hijos la educación que otros niños no podían conseguir, les habría privado de la lección práctica de libertad y orgullo propio que les brindé a costa de la formación literaria.
Y cuando hay que elegir entre la libertad y el saber, ¿quién no dirá que la primera debe preferirse mil veces al segundo?
Los jóvenes a quienes llamé en 1920 de aquellas ciudadelas de esclavitud —sus escuelas y colegios— y a quienes aconsejé que era mucho mejor seguir siendo analfabetos y romper piedras por amor a la libertad que recibir una educación literaria con las cadenas de los esclavos, probablemente podrán ahora rastrear el origen de mi consejo.