Me gustaba la actitud de esta pareja. Conocíamos las diferencias fundamentales entre nosotros. Ninguna cantidad de discusión podía borrarlas. Sin embargo, aun las diferencias resultan útiles cuando hay tolerancia, caridad y verdad. Me gustaban la humildad, la perseverancia y la devoción al trabajo del señor y la señora Walton, y nos veíamos muy frecuentemente.
Esta amistad mantuvo vivo mi interés por la religión. Ahora era imposible conseguir el tiempo libre que solía tener en Pretoria para mis estudios religiosos. Pero el poco tiempo que podía sacar lo aproveché al máximo. Mi correspondencia religiosa continuó. Raychandbhai me estaba guiando. Algún amigo envió el libro de Narmadashanker Dharma Vichar. Su prefacio resultó muy útil. Había oído hablar de la vida bohemia que había llevado el poeta, y la descripción en el prefacio de la revolución efectuada en su vida por sus estudios religiosos me cautivó. El libro empezó a gustarme y lo leí de cabo a rabo con atención. Leí con interés el libro de Max Müller India—What Can It Teach Us? [La India: ¿qué puede enseñarnos?] y la traducción de los Upanishads publicada por la Sociedad Teosófica. Todo esto aumentó mi respeto por el hinduismo, y sus bellezas empezaron a atraerme. Sin embargo, no me predispuso en contra de otras religiones. Leí Life of Mahomed and His Successors [Vida de Mahoma y sus sucesores] de Washington Irving y el panegírico sobre el profeta de Carlyle. Estos libros hicieron que estimara más a Mahoma. También leí un libro titulado The Sayings of Zarathustra [Los dichos de Zaratustra].
Así adquirí mayor conocimiento de las diferentes religiones. El estudio estimuló mi introspección y fomentó en mí el hábito de poner en práctica todo lo que me atraía de mis lecturas. Así comencé algunas de las prácticas yuguistas, tan bien como pude entenderlas a partir de la lectura de los libros hindúes. Pero no pude