los molinos persistiría. No sentíamos que pudiéramos prestar ningún servicio al país continuando como agentes de los molinos de hilado indios.
Nuevamente nos enfrentamos a infinidad de dificultades. No conseguíamos ni una rueca ni una hilandera que nos enseñara a hilar. Estábamos empleando algunas ruecas para llenar canillas y carretes para el tejido en el Ashram. Pero no teníamos idea de que estas pudieran usarse como tornos de hilar.
Una vez, Kalidas Jhaveri descubrió a una mujer que, según dijo, nos demostraría cómo se hacía el hilado. Enviamos a ella a un miembro del Ashram que era conocido por su gran versatilidad para aprender cosas nuevas. Pero incluso él regresó sin arrebatar el secreto del arte.
Así pasó el tiempo, y mi impaciencia crecía con él. A cada visitante ocasional del Ashram que probablemente poseyera alguna información sobre el hilado a mano lo abrumaba a preguntas sobre este arte. Pero, como el arte estaba relegado a las mujeres y casi había sido exterminado, si quedaba alguna hilandera perdida en algún rincón oscuro, solo un miembro de ese sexo tenía probabilidades de dar con su paradero.
En el año 1917, mis amigos guyaratíes me llevaron a presidir la Conferencia Educativa de Broach. Fue allí donde descubrí a esa notable dama, Gangabehn Majmundar. Era viuda, pero su espíritu emprendedor no conocía límites. Su educación, en el sentido aceptado del término, no era mucha. Pero en valor y sentido común superaba con facilidad a la generalidad de nuestras mujeres educadas. Ya se había deshecho de la maldición de la intocabilidad y se movía sin miedo entre las clases oprimidas, a las que servía. Tenía recursos propios y sus necesidades eran pocas. Poseía una constitución curtida y viajaba a todas partes sin escolta. Se sentía muy a gusto a caballo.