que no entrañan un principio moral. Por ejemplo, un hombre honesto y respetable no empezará a robar de la noche a la mañana, Haya o no una ley contra el robo, pero este mismo hombre no sentirá ningún remordimiento por no cumplir la norma de llevar luces delanteras en las bicicletas después del anochecer. De hecho, es dudoso que siquiera aceptara de buen grado un consejo sobre cómo ser más cuidadoso a este respecto. Pero observaría cualquier norma obligatoria de este tipo, aunque solo sea para evitar el inconveniente de afrontar un proceso judicial por infringir dicha norma.
Tal cumplimiento no es, sin embargo, la obediencia voluntaria y espontánea que se le exige a un satyagrahi.
Un satyagrahi obedece las leyes de la sociedad de manera inteligente y por su propia voluntad, porque considera que es su sagrado deber hacerlo.
Solo cuando una persona ha obedecido así las leyes de la sociedad escrupulosamente se encuentra en posición de juzgar cuáles reglas particulares son buenas y justas, y cuáles injustas e inicuas.
Solo entonces adquiere el derecho a la desobediencia civil de ciertas leyes bajo circunstancias bien definidas.
Mi error consistió en no haber observado esta limitación necesaria. Había convocado al pueblo a lanzarse a la desobediencia civil antes de que se hubiera preparado para ello, y este error me pareció de proporciones himalayas.
Tan pronto como hube entrado en el distrito de Kheda, todos los viejos recuerdos de la lucha del Satyagraha de Kheda volvieron a mí, y me pregunté cómo había podido dejar de percibir algo tan obvio.