Y se oyó un coro de voces:
“Alá es grande y misericordioso. El dinero llegará. Hombres los hay, tantos como puedas necesitar. Te ruego que consientas en quedarte, y todo irá bien”.
La fiesta de despedida se convirtió así en un comité de trabajo. Sugerí terminar de cenar, etcétera, rápidamente y regresar a casa. Ideé en mi mente un esquema de la campaña. Averigué los nombres de quienes estaban en la lista de votantes y tomé la decisión de quedarme un mes más.
Así sentó Dios los cimientos de mi vida en Sudáfrica y sembró la semilla de la lucha por el respeto propio nacional.