Así que tuve que decidir por mí mismo según los dictados de la voz interior.
Pasé la noche entera dándole vueltas al asunto. Abandonar el experimento habría significado renunciar a todas mis ideas en ese sentido, y sin embargo no hallaba en ellas ningún defecto. La cuestión era hasta qué punto debía ceder a la amorosa presión de Gokhale, y hasta qué punto podía modificar mi experimento en aras de los supuestos intereses de la salud.
Finalmente decidí mantenerme firme en el experimento en la medida en que el motivo que lo impulsaba era principalmente religioso, y ceder al consejo del médico allí donde el motivo era mixto. Las consideraciones religiosas habían predominado al renunciar a la leche. Tenía ante mí la imagen de los crueles métodos que los govals de Calcuta adoptaban para extraer la última gota de leche de sus vacas y búfalas. También tenía el sentimiento de que, así como la carne no era alimento para el hombre, de igual modo la leche de los animales tampoco podía serlo.
Así pues, me levanté por la mañana con la determinación de mantenerme fiel a mi resolución de abstenerse de la leche. Esto me alzó un gran peso de encima. Me temía acercarme a Gokhale, pero confiaba en que respetaría mi decisión.
Por la noche, Kallenbach y yo fuimos a visitar a Gokhale al National Liberal Club. La primera pregunta que me hizo fue:
«Bueno, ¿ha decidido aceptar el consejo del médico?».
Respondí de manera suave pero firme:
«Estoy dispuesto a ceder en todos los puntos excepto en uno sobre el cual les ruego que no insistan. No tomaré leche, derivados lácteos ni carne. Si no tomar estas cosas significara mi muerte, siento que es mejor que la afronte».