Mis clientes solían tener grandes sumas depositadas en mi poder. Tras recibir el consentimiento de uno de estos clientes, le presté unas mil libras de la cantidad que tenía a su favor. Este cliente era sumamente generoso y confiado. Había llegado originalmente a Sudáfrica como trabajador contratado. Me dijo: «Regala el dinero, si quieres. Yo no entiendo de estas cosas. Solo te conozco a ti». Se llamaba Badri. Más tarde desempeñó un papel destacado en el satyagraha y también sufrió prisión. Así que adelanté el préstamo dando por sentado que este consentimiento era suficiente.
En dos o tres meses supe que la cantidad no sería recuperada. Mal podía permitirme sufrir semejante pérdida. Había muchos otros fines a los que podría haber destinado esta cantidad.
El préstamo nunca fue devuelto. Pero ¿cómo se iba a permitir que el confiado Badri sufriera? Él solo me había conocido a mí. Yo cubrí la pérdida.
Un amigo cliente, a quien hablé de esta transacción, me reprendió dulcemente por mi insensatez.
«Bhai»—afortunadamente aún no me había convertido en «Mahatma», ni siquiera en «Bapu» (padre); los amigos solían llamarme con el cariñoso nombre de «Bhai» (hermano)—, me dijo: «esto no era para que lo hicieras tú. Dependemos de ti en tantas cosas. No vas a recuperar esta cantidad. Sé que nunca permitirás que Badri sufra una desgracia, pues le pagarás de tu propio bolsillo, pero si sigues ayudando a tus proyectos de reforma operando con el dinero de tus clientes, esos pobres muchachos se arruinarán y tú pronto te quedarás en la ruina. Pero eres nuestro administrador y debes saber que, si te arruinas, toda nuestra labor pública llegará a su fin».
El amigo, me alegra decirlo, sigue con vida. No he conocido aún a un hombre más puro que él, ni en Sudáfrica ni en ninguna otra parte. Le he