alojarme con un panda. Numerosos brahmanes me rodearon tan pronto como bajé del tren, y elegí a uno que me pareció comparativamente más limpio y mejor que los demás. Resultó ser una buena elección. Había una vaca en el patio de su casa y un piso superior donde me dieron alojamiento. No quería comer nada sin haberme purificado en el Ganges de la manera propiamente ortodoxa. El panda hizo los preparativos para ello. Le había dicho de antemano que bajo ningún concepto podía darle más de una rupia y cuatro annas como dakshina, y que por lo tanto debía tener esto en cuenta al hacer los preparativos.
El panda accedió de buena gana.
«Tenga el peregrino mucho o poco —dijo—, el servicio es el mismo en todos los casos. Pero la cantidad de dakshina que recibimos depende de la voluntad y la capacidad del peregrino».
No me pareció que el panda abreviara en absoluto las formalidades habituales en mi caso. El puja terminó a las doce y fui al templo de Kashi Vishvanath para el darshan. Lo que vi allí me causó un profundo dolor.
Cuando ejercía de abogado en Bombay en 1891, tuve la oportunidad de asistir a una conferencia sobre «Peregrinación a Kashi» en el salón del Prarthana Samaj. Por lo tanto, estaba preparado para cierto grado de desilusión. Pero la desilusión real fue mayor de lo que había previsto.
El acceso se hacía a través de un callejón estrecho y resbaladizo.
De tranquilidad, ninguna. Las moscas revoloteando y el bullicio de los tenderos y peregrinos resultaban perfectamente insoportables.
Donde uno esperaba una atmósfera de meditación y comunión, esta brillaba por su ausencia. Había que buscar esa atmósfera dentro de uno