mi país si no le dijera clara e inequívocamente cuál es esa esperanza. No negocio su cumplimiento, pero usted debe saber que la desilusión de la esperanza equivale al desencanto. > Hay una cosa que no puedo omitir. Usted nos ha apelado a dejar de lado las diferencias domésticas. Si dicha apelación implica tolerar la tiranía y las malas acciones por parte de los funcionarios, me veo impotente para responder. Resistiré la tiranía organizada hasta las últimas consecuencias. El llamamiento debe dirigirse a los funcionarios para que no maltraten a una sola alma y para que consulten y respetuen la opinión popular como nunca antes. En Champaran, al resistirme a una tiranía milenaria, he demostrado la soberanía última de la justicia británica. En Kheda, una población que maldecía al Gobierno siente ahora que es ella, y no el Gobierno, la que ostenta el poder cuando está dispuesta a sufrir por la verdad que representa. Por lo tanto, está perdiendo su amargura y se dice a sí misma que el Gobierno debe ser un Gobierno para el pueblo, pues tolera la desobediencia ordenada y respetuosa allí donde se padece una injusticia. Así pues, los asuntos de Champaran y Kheda constituyen mi contribución directa, definitiva y especial a la guerra. Pídame que suspenda mis actividades en ese sentido y me pedirá que suspenda mi vida. Si pudiera popularizar el uso de la fuerza del alma —que no es sino otro nombre para la fuerza del amor— en lugar de la fuerza bruta, sé que podría presentarle una India capaz de desafiar al mundo entero a hacer lo peor. Por lo tanto, a tiempo y a destiempo, me disciplinaré para expresar en mi vida esta ley eterna del sufrimiento y la ofreceré para su aceptación a quienes se interesen, y si participo en
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