errante. The Bangabasi fue aún más lejos. El director me hizo esperar durante una hora. Evidentemente tenía muchos entrevistados, pero ni siquiera se dignó a mirarme, ni siquiera cuando hubo despachado al resto. Al atreverme a abordar mi tema tras la larga espera, dijo: «¿No ve que tenemos las manos llenas? No hay fin para el número de visitantes como usted. Más le vale irse. No estoy dispuesto a escucharle». Por un momento me sentí ofendido, pero enseguida comprendí la postura del director. Había oído hablar de la fama de The Bangabasi. Pude ver que había un flujo constante de visitantes allí. Y todos eran personas conocidas suyas. A sus periódicos no les faltaban temas que debatir, y Sudáfrica era casi desconocida en aquel entonces.
Por muy grave que pueda ser una queja a los ojos del hombre que la sufre, este no será más que una de las numerosas personas que invaden la oficina del director, cada una con un agravio propio.
¿Cómo va el director a atenderlas a todas?
Además, la parte agraviada se imagina que el director es una potencia en el país. Solo él sabe que su poder apenas puede traspasar el umbral de su despacho.
Pero yo no me desanimé. Seguí viendo a los directores de otros periódicos. Como de costumbre, también me reuní con los directores angloindios. El Statesman y The Englishman comprendieron la importancia de la cuestión. Les concedí largas entrevistas y las publicaron íntegras.
El señor Saunders, director de The Englishman, me reclamó como suyo. Puso a mi disposición su despacho y su periódico. Incluso me concedió la libertad de hacer los cambios que quisiera en el artículo de fondo que había escrito sobre la situación, cuyas pruebas de imprenta me envió de antemano. No es exagerado decir que entre nosotros nació una amistad. Me prometió prestarme toda la ayuda que pudiera, cumplió su promesa al