¿No era acaso el cuerpo mismo posesión suficiente? ¿No eran la esposa y los hijos posesiones? ¿Iba a destruir todos los armarios de libros que tenía? ¿Iba a renunciar a todo lo que tenía y seguirle? La respuesta llegó directa: no podía seguirle a menos que renunciara a todo lo que
Mi estudio de la ley inglesa acudió en mi ayuda. La discusión de Snell sobre las máximas de la Equidad vino a mi memoria. Comprendí con mayor claridad, a la luz de las enseñanzas de la Gita, la implicación de la palabra «fideicomisario» (trustee). Mi respeto por la jurisprudencia aumentó; descubrí en ella la religión. Comprendí que la enseñanza de la Gita sobre la no posesión significaba que aquellos que deseaban la salvación debían actuar como el fideicomisario que, aun teniendo el control de grandes posesiones, no considera ni un ápice de ellas como suyo. Me quedó tan claro como la luz del día que la no posesión y la ecuanimidad presuponían un cambio de corazón, un cambio de actitud.
Luego le escribí a Revashankarbhai para que dejara vencer la póliza de seguro y obtuviera lo que pudiera recuperarse, o de lo contrario considerara perdidas las primas ya pagadas, pues me había convencido de que Dios, que creó a mi esposa y a mis hijos tanto como a mí mismo, cuidaría de ellos.
A mi hermano, que había sido como un padre para mí, le escribí explicándole que le había dado todo lo que había ahorrado hasta ese momento, pero que en adelante no debía esperar nada de mí, pues los ahorros futuros, si los hubiera, se utilizarían en beneficio de la comunidad.
No me fue fácil hacerle entender esto a mi hermano. Con lenguaje severo me explicó mi deber hacia él.